“Si en vez de acumular, repartís, te hacés más rico”

Daniel Cerezo

Coronel Bogado, Boulogne

Descalzarse ante el otro, símbolo de despojo y desprejuicio. Símbolo de no querer dejar otra huella que la de la Descalzarsepropia piel, con todas sus marcas. Autenticidad sin suela, suelo que recibe el calor del cuerpo.  Así están los pies de Daniel Cerezo. Descalzos sobre el piso, a unos centímetros de sus coloridas alpargatas.

Nació en San Juan hace 32 años y con un año de edad vino a vivir a Buenos Aires, bajo la promesa de un trabajo que había recibido su padre. La promesa resultó no ser tal, y ya instalados en la capital del país, Daniel terminó viviendo en Retiro junto a sus hermanos y padres. A los pocos años, tras la muerte de su papá, perdieron el alojo que habían conseguido en casa de una tía y se fueron a vivir a un terreno tomado.

“Yo ahora transito un mundo diferente al predestinado”, dice Daniel al evaluar su presente. Asegura que nunca deja de sorprenderse por las cosas que le suceden y que cada año experimenta experiencias distintas y alucinantes. Será esa capacidad de sorpresa la que hace que le cueste planificar su futuro: “A todo digo que sí, ¡imaginate que hoy me había agendado seis reuniones!”.

Daniel Cerezo

Nueve años tenía Daniel Cerezo cuando se acercó por primera vez a la Fundación Crear Vale la Pena, ubicada en la villa La Cava. Era un apasionado de la música, y al llegar a ese lugar descubrió que los sábados a la mañana podría tomar clases gratuitas de piano con una reconocida concertista llamada Liliana Alpern. “Buscaba que la música me alejara unDaniel Cerezo poco de lo que pasaba en mi casa”, reflexiona hoy Daniel y agrega: “Cuando sos chico tal vez no te das cuenta de todas las cosas que pasan alrededor tuyo”.

Su locura por la música estaba personalizada en ese entonces por una artista: Gladys la Bomba Tucumana. Fue así que en la primera clase le dijo a Liliana que él quería aprender sus canciones. Ella, del palo de la música clásica, no conocía la movida de Gladys, pero le dijo que si él le llevaba un cassette podría sacar las canciones. Poco a poco Daniel fue aprendiendo a tocar el piano y después de Gladys llegó Beethoven, y después de Beethoven siguió Piazzola.

“Derribé la pobreza cultural porque rompí con el pensamiento de que las clases de piano eran solo para la elite”, define Daniel sobre esos años de aprendizaje. Cuenta que por aquel entonces no tenía conciencia de la importancia de esas clases, que él solo quería jugar con la música: “No me di cuenta de que yendo a tocar el piano estaba quebrando mi destino”.

Puerta
Detrás de Daniel hay una puerta pintada de celeste que exhibe nubes blancas. Serán tal vez esas nubes un símbolo de todos sus sueños, que no son pocos. Cuando suena su celular, atiende con la mano izquierda que luce su alianza de Daniel Cerezomatrimonio. Del otro lado del teléfono, al parecer, hay alguien con quien tiene una gran confianza. “Hola negra… ¿estás preparada?”, dice, y a los pocos segundos agrega: “Conseguí 13 pallets de galletitas, ¿sabés la cantidad que es eso?”.

La infancia de Daniel siguió siendo atravesada por la música de la mano de Liliana, quien sábado a sábado seguía sumergiéndolo en el mundo del piano. Hasta que un día, lo invitaron a dar un paso más: le dijeron que tendría que empezar a ser él mismo quien le enseñe a chicos de su barrio. “Yo había entrado a la fundación por una necesidad mía, pero no podía seguir mirándome el pupo sin aportar a mi comunidad”, reflexiona Daniel sobre esas épocas. Fue así que de alumno pasó a ser profesor, y recuerda sonriente cómo lo empezaban a llamar “profe” al caminar por las cuadras de La Cava.

En el 2010 fue invitado como orador en la Jornada de la Juventud de CREA para hablar de sus experiencias de liderazgo comunitario. Al terminar de hablar se acercó Tomás Pando, fundador de Alpargatas Páez, y le dijo que lo quería trabajando con él: “Quiero que vos hagas en mi empresa lo que vos hacés con tu barrio, quiero que formes comunidad”. Fue así que, sorpresivamente, la vida de Daniel dio un giro y comenzó a trabajar como gerente de Recursos Humanos de la empresa.

Su celular vuelve a sonar y es otra vez la mujer que llamó unos minutos antes. “Sos una genia”, dice Daniel con una sonrisa, porque al parecer aquellos trece pallets de galletitas ya tienen un destino como donación.

Daniel Cerezo

Al empezar a trabajar en Páez, Daniel Cerezo rompió varios prejuicios que tenía sobre el mundo empresarial. Además, no quiso ver aquella oportunidad laboral como un “me salvé”, sino que enseguida pensó cómo seguir actuando en su comunidad más allá de su trabajo. Fue así que a la semana de haber entrado armó la fundación PáezCreerHacer a través de la cual promueve la integración y transformación social.

Hoy Daniel es el gerente de Cultura y Felicidad de Páez. “No soy como un Patch Adams”, explica al ver la expresión que genera el nombre de su puesto, y cuenta que es el encargado de que todos los miembros de la empresa se desarrollen en su ámbito profesional, personal y social. “Este puesto requiere una escucha profunda, me quemo la cabeza”, cuenta.

“Dani, abajo te están esperando para la reunión”, dice una mujer asomándose por la puerta. Cuando quiero acordar, estoy presenciando una reunión de Daniel con dos representantes de Swiss Medical quienes organizan un viaje corporativo con gerentes de recursos humanos de aquellas empresas que los eligen como cobertura médica. Daniel participará de ese viaje para dar una charla sobre su historia de vida.

Reunión con Swiss Medical

Sentado en el piso Daniel encabeza la reunión con cuentos sobre su infancia, sus proyectos y experiencias. Así, van armando lo que sería el testimonio que tiene para compartir a los que van a participar del viaje. “Lo bueno de que te vayan a escuchar gerentes de recursos humanos es que son los encargados de tomar gente”, reflexiona la mujer deDaniel Cerezo Swiss Medical mientras escucha las anécdotas de su infancia entre La Cava y el bajo Boulogne.

“¿Qué es la pobreza?”, suele preguntarse Daniel Cerezo. La respuesta fue apareciendo a lo largo de su vida y hoy puede expresarla: “Uno piensa que ser pobre está ligado a lo económico, pero la peor pobreza es la pobreza humana”. Está convencido de que es un error pensar que somos lo que tenemos, y será por eso que no deja que el tener sea un objetivo en su vida.

“Ayer me fui a cortar el pelo y el peluquero me preguntó cuándo me iba a comprar mi casa propia”, dice Daniel algo risueño, porque asegura no necesitar nada más de lo que tiene. Sigue viviendo en el mismo barrio de su infancia, tiene un auto que el fin de semana se lo presta a su hermano, y todo lo que gana por fuera de Páez lo destina a su fundación. “Si en vez de acumular, repartís, te hacés más rico”, expresa con seguridad.

AlianzaDaniel está casado y tiene dos hijos. Su esposa es docente y trabaja en una fundación con chicos víctimas de violencia familiar. Un día, ella llegó a su casa y entre lágrimas le contó que tenía un alumno llamado Dylan que sería operado por un tumor y tenía pocas chances de vivir. Contra el pronóstico, superó la intervención y fueron a verlo. Al conocer las condiciones en las que vivía Dylan, Daniel puso manos a la obra y encabezó una campaña para mejorar la construcción de aquella vivienda.

Páez donó fondos para comprar los materiales y los empleados de la empresa fueron los encargados de construir. El día de la obra, Daniel se llevó una sorpresa cuando apareció la abuela de Dylan y la reconoció: era la mujer que había sido cocinera en el comedor que le dio de comer durante toda su infancia. Y allí estaba él, poniendo manos a la obra para una mujer cuyas manos lo alimentaron durante tantos años.

En la vida de Daniel Cerezo la introducción, el nudo y el desenlace van cambiando constantemente, conformando una obra literaria con la riqueza extra de ser realidad. Mientras habla sus ojos se inundan como si volviera a sentir cada segundo del pasado nuevamente. Sus pupilas parecen estar observando lo que vio en esos años de infancia, y su voz se quiebra con la fragilidad de aquel niño que supo ser. Aquel niño que bien supo de pobreza, y hoy estando descalzo es el hombre más rico del mundo porque en lugar de acumular, reparte.

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