«Las cosas en vez de tener un por qué, tienen un para qué”


Marcelo Tomasini

Paraná y el Río, Martínez

Dos cañas están erguidas enfrentando al río en Martínez. Por el momento parecen huérfanas, sin que nadie vigile qué pasa con la tanza sumergida bajo el agua. De repente, se escucha un sonido similar al de un cascabel, generado por el movimiento de una de ellas. Cada vez se mueve más fuerte, y el triángulo de metal que está sujeto al cuerpo de la caña, sigue provocando un sonido latoso, que la salva de su orfandad.

Porque con un trote ligero aparece Marcelo. Toma la caña con experiencia, gira la manivela y empieza a asomar un gran pescado por fuera del agua. “¿Un bagre no? ¡Todos los días viene usted!”, le dice un hombre que pasa por la rambla caminando junto a su mujer.

Marcelo Tomasini nació y fue criado en un pueblo de Entre Ríos llamado Hasencam, ubicado en la zona entre Paraná y La Paz, que paradójicamente se ubica frente al río como él se encuentra parado ahora. Es una localidad de unos 7 mil habitantes, y con una risa y un movimiento de cabeza confirma el famoso dicho de pueblo chico infierno grande: “Sí, la verdad que se sabe todo”.

Lo que nadie puede ignorar es que para ser una tarde de verano, el viento sopla demasiado fuerte y frío. Mientras una mano tiene frío por agarrar la birome, el resto de mi cuerpo se esconde debajo de un poncho que Diego trajo de Perú. Pero Marcelo no parece notar que la temperatura es baja: está distraído preparando una nueva carnada para volver a salir al ruedo.

“¿Cómo estás? Que Dios te bendiga”, es el saludo que esboza el pescador cuando uno se acerca a él. Minutos después de empezada la charla se entiende la expresión, ya que Marcelo es un gran creyente, y su historia de vida lo fue acercando cada vez más a la religión evangélica.

“También soy pescador de hombres”, declara con orgullo mientras vuelve a tirar la caña al río. Desde hace 12 años es misionero en el Chaco donde comparte días con los Tobas haciendo trabajo social y espiritual. Dedica un par de minutos para explicar cuáles son las tareas que hacen allá, y después de pensar unos segundos resume con sencillez: “En realidad solamente voy a llevarles la buena noticia de que hay alguien que los ama”.

La familia constituye un pilar muy grande en la vida de Marcelo. “Cuando era chico éramos 18 en mi casa, porque vivíamos con tíos, abuelos…”, recuerda con una mirada más alegre que melancólica. Él es el quinto de siete hermanos, y celebra su vínculo al decir: “Todos seguimos vivos, y nos juntamos todos los años allá en Entre Ríos a comer una vaquillona con cuero”.

“Aprendizaje” es la palabra que usa Marcelo para describir los 7 meses que hizo de servicio militar cuando tenía 21 años. Al poco tiempo decidió mudarse a Buenos Aires, y recuerda que “fue un cambio muy brusco”. Un día andaba por la gran ciudad vestido de gaucho, se subió al revés a una escalera mecánica, y su bombacha de campo empezó a engancharse en la máquina. Recuerda que la gente se reía, pero dentro del tumulto Marcelo rescata que alguien se acercó a explicarle que estaba en el sentido contrario.

Entre anécdotas se escucha el ruido del agua de fondo. Hay quienes pasan en bicicleta acompañados por alguien o simplemente por su música. La tarde va cayendo en Paraná y el Río, uno de esos lugares en que por su paz parece un domingo eterno sin corridas ni horarios.

“Siempre me gustó llamar la atención, siempre me gustó marcar la diferencia”, asegura Marcelo. “Tengo ansias de superación, como se dice en psicología”, agrega, y cuenta que es tal vez por eso que empezó un camino de búsqueda de protagonismo ante un público. ¿Cómo? Siendo payaso, una veta artística que descubrió a sus 24 años en la Sociedad de Cultura de River Plate.

Ante nuestras caras de desconcierto por esta nueva faceta que el pescador sacó a la luz, Marcelo dice con una sonrisa: “¡Pero si yo tengo historias para escribir un libro, hasta fui arquero de Patronato!”.

El bagre que Marcelo sacó hace unos minutos sigue moviéndose en el piso, haciendo un último esfuerzo por seguir respirando. Es la mayor atracción para todos los niños que pasan por la rambla acompañados por sus padres, que señalan al animal con asombro y dedican unos varios minutos arrodillados a ver sus movimientos.

“¿Gusta un café señor?”, fue la primera frase que Marcelo escuchó de quien hoy es su mujer. Corría el año 1978, y Mirta Susana era promotora de Dolca en el Mundial. Él asegura que fue amor a primera vista, y dice: “Me acerqué a ella y vi a una persona diferente… viste cuando todavía no le dijiste ni hola y ya sentís que es ella”.

Recuerda que ella no le daba “pelota”, pero que él con convicción le aseguró: “Yo te quiero mucho, así que vos me vas a terminar queriendo”. Parece estar contento al ver que esa expresión nos hace reír mucho, y agrega: “Y bueno, hombre sin coraje no goza mujer bonita”.

Marcelo tuvo razón. Él la quería tanto que la historia de amor nació y creció a pasos vertiginosos. En seguida se pusieron de novios, a los 6 meses se comprometieron y se fueron a vivir juntos a un departamento en Florida. “Era la época del Austral, así que terminé pagando la cuota como si fuera un atado de cigarrillos”, recuerda de la compra de su hogar.

Al año y medio Mirta Susana se quedó embarazada, pero sus ataques de epilepsia empezaron a teñir de gris lo que era una historia de amor con más altos que bajos. Su hijo nació a pesar de la enfermedad de su madre, pero la vida tenía preparado otro guiño para ellos.

Cuando el chico tenía dos y años y cuatro meses murió fruto de la explosión de un calefón en su casa. Fiel creyente, Marcelo asegura que no se enojó con Dios: “Empecé a pensar que las cosas en vez de tener un por qué, tienen un para qué”, dice con una mirada sabia. Después del hecho su mujer entró en depresión y comenzó a tener una cadena de ataques epilépticos que la dejaron internada en coma.

El panorama de los médicos era negro. En ese momento, Marcelo recordó la frase: “Buscá el Reino de Dios y todo lo demás vendrá por añadidura”, y decidió cambiar la razón por fe. El médico le dijo que si la sacaba del hospital estaba loco, pero él le respondió: “¿Loco? ¡Si igual usted me está diciendo que va a morir!”. Mirta Susana fue sacada del hospital, y los partes médicos se cambiaron por oraciones…

Hoy llevan más de 30 años juntos, y son padres de tres hijos que a juzgar por los ojos emocionados de Marcelo lo hacen muy feliz. Viven todos juntos en Martínez, y mientras Mirta Susana atiende una Feria Americana Vip frente a la estación de trenes, Marcelo se gana la vida siendo podador estilista de árboles.

Lo que pesca a veces lo regala a algún vecino, o también suele cocinarlo. Ni bien nos acercamos al tema gourmet comienza a enumerar una lista de recetas que sabe hacer al mejor estilo Bubba Gump: “Empanadas de pescado, dorado a la pizza…”. Siempre le gustó pescar, pero cuenta que su vocación se acentuó cuando leyendo la Biblia se encontró con la figura de San Pedro pescador: “Cuando vos te sentís identificado con algo lo querés llevar a más”, sostiene y agrega: “Yo le diría a la gente que se acerque más a Dios”.

Cae la tarde, y antes de irnos Marcelo nos hace una confesión. Esa tarde tenía dos trabajos de poda, pero algo le dijo que tenía que ir a pescar, con lo cual canceló. Ese “algo” resultó ser el encuentro y compartida de vida que tuvo con nosotros. Así, nos vuelve a dar una lección, y refuerza que las cosas no tienen un por qué, sino un para qué.



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *